Durante una tensa audiencia efectuada el pasado miércoles 3 de junio en la Cámara de Representantes, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, descartó de forma tajante que la ofensiva militar contra Irán tuviera entre sus propósitos forzar la caída del gobierno de la República Islámica. La postura chocó de frente con lo que el presidente Donald Trump había proclamado públicamente cuando el conflicto apenas comenzaba.
La sesión giró en torno a los fundamentos y consecuencias de la Operación Furia Épica, cuyo inicio se fijó el 28 de febrero. Marco Rubio fue el encargado de defenderla ante los legisladores y de responder a una serie de cuestionamientos que pusieron en evidencia las fracturas dentro de la propia Administración.
Marco Rubio delimita el alcance de la Operación Furia Épica frente al Congreso
Para Marco Rubio, la campaña militar tuvo un objetivo concreto y sin ambigüedades: desmantelar el aparato defensivo que blindaba el programa nuclear iraní. Misiles, drones y activos de la Armada conformaban ese escudo, y su destrucción fue presentada como el fin último de la operación.
El argumento, sin embargo, colisiona con el comportamiento público de Donald Trump en los primeros días del conflicto. El mandatario difundió un video en el que exhortó abiertamente al pueblo iraní a tomar las riendas del poder por su propia cuenta, un mensaje que apuntaba en una dirección muy distinta a la que Marco Rubio trató de sostener ante los legisladores.
«El objetivo fue destruir la industria defensiva iraní y reducir significativamente sus reservas de misiles y drones», afirmó Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, durante la audiencia.
Otro de los puntos de tensión en la sesión fue si Marco Rubio había advertido a Donald Trump sobre el efecto que la guerra podría tener en los mercados energéticos internacionales. El secretario de Estado respondió que la Administración tenía plena conciencia de ese impacto, pero subrayó que dejar que Irán alcanzara capacidad nuclear representaba un riesgo incomparablemente mayor.
La guerra que Washington llama cerrada sigue produciendo incidentes en el terreno
Marco Rubio insistió ante los legisladores en que la Operación Furia Épica llegó a su fin en abril, cuando entró en vigor un alto el fuego que la Administración considera una «victoria» estadounidense. Ese relato de cierre definitivo, no obstante, encuentra serios obstáculos en la realidad.
Irán mantiene su bloqueo sobre el estrecho de Ormuz, arteria indispensable para el flujo del petróleo a escala mundial. Al mismo tiempo, fuerzas estadounidenses sostienen un bloqueo marítimo sobre puertos iraníes. La noche previa a la audiencia, ambos bandos intercambiaron fuego en el golfo Pérsico, un episodio que contradice cualquier lectura de normalización.
La Administración de Donald Trump lanzó la operación sin contar con el respaldo formal del Congreso y evita catalogarla jurídicamente como una «guerra», aunque sostiene que el acuerdo de alto el fuego selló el conflicto.
Washington y Teherán tampoco coinciden en si hay negociaciones activas
Las contradicciones no quedaron circunscritas al ámbito interno de la Administración estadounidense. En el plano diplomático, Irán y Estados Unidos ofrecieron versiones incompatibles sobre el estado de las conversaciones de paz.
Mientras Teherán aseguró que el intercambio de mensajes entre ambas partes estaba paralizado, Donald Trump afirmó que los canales de diálogo seguían abiertos y activos. Marco Rubio no logró aclarar esa discrepancia durante la audiencia.
La sesión dejó al descubierto la fragilidad del alto el fuego, la distancia entre el discurso oficial y los hechos sobre el terreno, y las profundas grietas que persisten tanto dentro de la Administración como entre Washington y Teherán.




